La semana pasada, la policía frustró en tiempo real un cuento del tío y detuvo a uno de los estafadores en RecoletaLa semana pasada, la policía frustró en tiempo real un cuento del tío y detuvo a uno de los estafadores en Recoleta

Vulnerables ante la estafa

2026/01/13 17:30

Apenas sentí los golpes en la ventanilla del auto. “¿No me viste?”, me encaró el hombre cuando bajé el vidrio. El calor del mediodía de enero, los efectos del fin de semana extra largo de fin de año, lo intempestivo del reclamo o todo eso junto me provocaban cierta confusión. “No te entiendo, ¿adónde no te vi?”, le repregunté. Estaba saliendo de una estación de servicio de esas más bien chicas en una esquina, con cierta dificultad de maniobra para entrar y salir de los surtidores y alta probabilidad de “pisar” algún cordón.

Lo que siguió podría haber sido una escena de Nueve Reinas, la inolvidable película de Fabián Bielinsky que describió como pocos el submundo de estafadores en una ciudad como esta, donde cada personaje o cada “especialidad” para el engaño se puede ver a cielo abierto y a cada paso. Igual que en la pantalla, aquí no hubo armas, ni siquiera gestos de violencia física como las que muestra el film.

Diría más: el “coprotagonista” podría ser candidato a algún premio destacado de la industria cinematográfica, pese, obviamente, a no ser actor profesional. Hay que reconocer, aunque esto no me deja bien parado, que me “tragué” esta versión del cuento del tío sin demasiado esfuerzo.

El hombre “al que no vi” se mostraba “muy dolorido” porque, según su versión, yo le había pasado con la rueda trasera de mi auto por encima de su pie izquierdo, que solo calzaba una zapatilla de cuero. Parecía un albañil (¿lo sería? Me mostró sus manos con supuestas huellas de haber estado “colocando pisos” hasta un rato antes), “para colmo trabajo en negro y no tengo ni cobertura médica, y ahora que había terminado me iba a hacer un trabajo para mí”. Miraba hacia su pie y lo retorcía mientras gesticulaba de “dolor”. “Llevame aunque sea hasta la remisería de la otra cuadra así puedo ir a la clínica donde me manda siempre el patrón”, pidió.

Mi cabeza trabajaba a mil (se ve que mal). ¿Realmente lo había pisado? Las características de la estación me hacían dudar. Ustedes se preguntarán (y yo también, apenas se bajó del auto): ¿cómo no hubo ni un gemido en el momento del supuesto accidente? Las ruedas de mi auto tienen un tamaño interesante y hubieran provocado algún golpe de su cuerpo contra la carrocería. Tampoco se escucharon gritos o voces de alerta de ningún empleado de la estación, que seguramente habrían visto el incidente.

¿Y si efectivamente lo había pisado? De algún modo, me asumí yo mismo como culpable, y el fantasma de un “carancho” apareció en mi mente. ¿Qué consecuencias podría tener? ¿Alguna demanda?

Dato fundamental (y consejo, si se me permite): por verídico que suene, desconfíen de alguien que arroja información en una catarata de palabras. Su único objetivo es generar confusión, lo que hace que uno no pueda descubrir contradicciones flagrantes.

Vean, si no: la remisería nunca apareció, pero el timador djio: “Dejame acá, aunque sea camino un poco. Pero dame algo por lo menos para pagar el bono en la clínica”. ¿El bono? ¿Pero este hombre no trabaja en negro? Culpable como me sentía, le di el dinero que tenía encima. Diré, en mi tibia defensa, que dada su insistencia con que “con eso no hago nada, ni pago el remise de vuelta”, empecé a darme cuenta de que estaba cayendo en la trampa.

A esa altura no tenía muchas alternativas. Él estaba dentro de mi auto, y aunque no portaba ningún arma ni elemento contundente, era bastante corpulento como para darme una golpiza. Satisfice sus necesidades de fondos y se bajó, rengueando por varios metros. Hasta que se perdió en la esquina, no pude ver el momento en que retomaba su paso normal. Ya no me sentía culpable. Sí, extremadamente vulnerable.

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