Nuestras conversaciones determinan la calidad de lo que vivimos. Y el mayor paralizador de las conversaciones difíciles es el miedo. Así como muchas personas tienen miedo a hacer presentaciones, muchas otras tienen miedo a tener conversaciones difíciles. Ese miedo es un miedo a no ser recibidos, escuchados o queridos.
Es un miedo casi universal a dar ese salto al vacío frente al otro: ¿y si me va mal? Ese temor no es tonto, pero no siempre es justo.
La mayoría de nuestras conversaciones no salen mal, son una pequeña minoría. Eso implica que el miedo nos está queriendo cuidar de un peligro que no siempre es tal. Primera cosa: trabajar este miedo es algo ineludible.
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La felicidad en su dinámica más profunda no se nos va tanto en eventos, sino en diálogos. Claro que no todos precisan ser profundos. Pero cada encuentro, por superficial que parezca, sea una charla con un vecino o un almuerzo con un compañero de trabajo, puede agregarnos o restarnos luz. Vida.
El rejuvenecimiento que nos brindan las buenas conversaciones no es sólo emocional sino narrativo. Algunos encuentros dan sentido al tiempo. Nos reconectan con versiones menos cínicas y defensivas de nosotros mismos. Recuperamos presencia. Somos y somos con otros. Iluminan.
El sufrimiento de muchas personas está ligado a que tienen conversaciones pendientes. Ese desorden se acumula. Esa acumulación erosiona el alma, son conversaciones tectónicas que se sedimentan e implosionan dentro. Sismos silenciosos.
Muchas interacciones, incluso de pareja, son seguras, pero estériles. Superficiales. A veces, hablamos demasiado para no oír el ruido que yace dentro.
Si te interesa mejorar este aspecto central de tu vida te dejo algunas sugerencias:
Son claves a la hora de generar buenas conversaciones. Una persona irritada y con problemas hondos no resueltos tiende a tener conversaciones difíciles que son poco fructíferas. La oscuridad interior que muchos llevamos nos impide tener claridad exterior.
Se relativiza este aspecto de nuestra unidad vital. Muchas personas creen que consiguen separar los aspectos de su vida que no están funcionando con su actividad profesional. Juegan a robotizarse. A creer que su divorcio en curso en nada los afecta a la hora de tener que negociar cuestiones. Ilusos.
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En esta línea, “funcionar” no es lo mismo que estar disponible psíquicamente. La robotización no elimina el conflicto interno. Esa negación luego se presenta en el diálogo como ironía, rigidez, impaciencia, agresividad pasiva o decisiones mal calibradas.
Las emociones están vivas pero camufladas, operando de modos que no son controlables porque no están siendo radarizadas. No hay nada más peligroso que no registrar que uno está desequilibrado internamente. Porque eso vuelve a la conversación un escenario de descarga, defensa o compensación narcisista. Cuando tapamos algo que nos está retumbando emocionalmente, no nos damos cuenta que lo escondemos al punto de no ver los colaterales que está produciendo en nuestra conducta. Generamos puntos ciegos. Creemos que no nos afecta y, en parte por eso mismo, nos está afectando de la peor manera: a nivel inconsciente.
La pregunta por ¿cómo quiero empezar a conversar a partir de hoy? Es una hermosa pregunta adulta que busca cambiar un modus operandi instaurado y solidificado. Para eso hay que hacerse algunas preguntas previas. La primera de ellas es ¿cómo conversaban mis padres? La forma en que tus padres conversaban te constituyó sea por imitación o por confrontación. Sea que tu forma de conversar se les parezca o no tenga nada que ver, en ambos casos, esa socialización primaria te constituyó y marcó en tu capacidad de diálogo. La imagen de vos pequeño viendo esas secuencias de diálogo pueden ayudarte a ilustrar el hoy de tu forma de conversar. Hay muchos padres y madres que insultaban, otros mantenían silencio ante situaciones que pedían a gritos que se pusieran palabras. Callar puede ser un acto de violencia. Incluso mucho más doloroso que la violencia física.
Fijate cómo conversa tu comunidad (profesional, familiar, de amigos, etc.). Si no observás las disfuncionalidades y las lógicas internas que todo entorno social trae, entonces no entenderás qué se te juega a vos en ese sistema conversacional. Ni tampoco sabrás cómo surfearlo.
Para cerrar, preguntate, ¿qué conversaciones me expanden y potencian, y cuáles me minimizan y encorsetan? Tomá activa y conscientemente decisiones conversacionales.
Somos protagonistas —por acción u omisión— de las conversaciones que sostenemos en nuestra vida. Somos también responsables de los diálogos que evitamos y de los silencios que prolongamos. Saber qué conversaciones continuar, cuáles reformular y cuáles cerrar susurra tu madurez.
El autor es coaching, además de especialista en Storytelling, liderazgo y persuasión

