El orden mundial basado en normas, instituciones y valores compartidos atraviesa una profunda crisis de legitimidad y credibilidad, acelerada por Estados UnidosEl orden mundial basado en normas, instituciones y valores compartidos atraviesa una profunda crisis de legitimidad y credibilidad, acelerada por Estados Unidos

Rumbo al abismo: cómo mató Trump el derecho internacional

2026/01/20 17:53

“El viejo mundo se muere”, escribió Antonio Gramsci. “Y el nuevo mundo tarda en nacer”. En tales interregnos, sugirió el filósofo marxista italiano, “cada acto, incluso el más pequeño, puede adquirir un peso decisivo”.

Los líderes occidentales parecen convencidos de que estamos viviendo uno de esos periodos de transición, en el que el orden de las relaciones internacionales establecido tras la Segunda Guerra Mundial se detiene en seco.

Durante los periodos de transición o interregnos, escribió Gramsci en una de sus citas más famosas, “se verifican los fenómenos morbosos más variados”. Y en la actualidad no hay mayor fenómeno de este tipo que la crisis de legitimidad del sistema de normas y leyes en las que se basaba el orden internacional, el mundo que EEUU ayudó a crear en 1945.

Nadie puede decir que no fue advertido de la bola de demolición que Donald Trump estaba a punto de lanzar sobre el orden global.

El secretario de Estado, Marco Rubio, explicó con admirable claridad cómo Trump reniega del mundo construido por sus predecesores hace casi un año durante la audiencia de confirmación del cargo ante el Senado de Estados Unidos. Era febrero de 2025. “El orden global de la posguerra no solo está obsoleto, ahora es un arma que se utiliza contra nosotros”, afirmó. “Todo esto nos ha llevado a un punto en el que nos enfrentamos al mayor riesgo de inestabilidad geopolítica y de crisis global de carácter generacional que haya vivido cualquiera de los que estamos aquí hoy”.

Rubio dijo que era necesario abandonar el orden internacional basado en normas porque se había construido sobre la falsa premisa de que una política exterior al servicio de los intereses nacionales pudiera ser sustituida por otra al servicio del “orden mundial liberal, en el que todas las naciones de la Tierra se convertirían en miembros de la comunidad democrática liderada por Occidente”, con la humanidad destinada ahora a abandonar la identidad nacional y convertirse en “una sola familia humana y ciudadanos del mundo”. “Esto no era solo una fantasía. Ahora sabemos que era una peligrosa ilusión”, dijo.

La valoración de Rubio quedó reflejada en la estrategia de seguridad nacional que la Casa Blanca dio a conocer a finales del año pasado con sus advertencias sobre la desaparición de la cultura europea y su determinación de respaldar a los partidos nacionalistas que creen en la “estabilidad estratégica con Rusia”. Estados Unidos ya no puede “sostener todo el orden mundial como un atlas”, afirma el documento.

Confuso e impredecible

Estas declaraciones parecen, sobre el papel, relativamente coherentes con la visión de 'Estados Unidos primero', pero en la práctica la política exterior de Trump es sumamente confusa: esta ideología formalmente no intervencionista choca con intervenciones esporádicas que mezclan de forma incómoda las nociones de orden mundial con los intereses nacionales de Washington. No existe una política exterior lineal de Trump, solo una sucesión de fuegos artificiales sin conexión lanzados al albur al cielo nocturno.

El presidente Donald Trump (izq) y el secretario de Estado de EEUU, Marco Rubio, en la Casa Blanca, el 9 de enero de 2026. Europa Press

Como afirma su hijo mayor, Donald Trump Jr, casi como si fuera una virtud, su padre es el hombre más impredecible de la política. La naturaleza enormemente personal de la política exterior estadounidense da a los antiguos aliados de Washington la falsa esperanza de que la ruptura con Estados Unidos no sea real.

Desprecio por el derecho internacional

En medio de este caos, Trump sí ha sido constante respecto a uno de los objetos de su desprecio: las limitaciones impuestas por el derecho internacional –ha asegurado que su poder solo está limitado por su “propia moralidad”– y el sistema de valores que lo sustenta, basado en la soberanía de los Estados, incluida la prohibición del uso de la fuerza para modificar fronteras exteriores.

En su lugar, Trump apuesta por el “poder coercitivo puro”, o lo que algunos han descrito como una 'diplomacia mafiosa' o 'de matón', en la que las extorsiones, el chantaje y los tratos actúan como motores del cambio.

Ante la disyuntiva de elegir, por ejemplo, si expulsar a Rusia de Ucrania —algo para lo que Estados Unidos sin duda tiene los medios militares necesarios, armando suficientemente a Kiev— o forjar una relación provechosa con el presidente ruso Vladímir Putin en la que ambas partes saqueen los considerables recursos materiales de Ucrania, Trump prefiere lo segundo. Ucrania, parece ser, pagará cualquier precio, soportará cualquier carga y afrontará cualquier dificultad para garantizar la supervivencia y el éxito de la economía trumpiana. Para la Unión Europea y la OTAN, este es, efectivamente, un momento en el que cada decisión puede resultar decisiva para el futuro de la soberanía europea y de la Carta de Naciones Unidas.

Del mismo modo, la soberanía de Venezuela, que cuenta con 303.000 millones de barriles de petróleo crudo —aproximadamente una quinta parte de las reservas mundiales—, se convierte, al igual que Canadá, México y últimamente Groenlandia, en objeto de la mirada depredadora de Trump. Tras ser advertido en las redes sociales de que matar a civiles venezolanos sin el debido proceso —como ha hecho Estados Unidos al bombardear numerosas embarcaciones en el Caribe y el Pacífico— se consideraría un crimen de guerra, el vicepresidente estadounidense, JD Vance, tuvo la desfachatez de responder: “Me importa una mierda cómo lo llaméis”. Como demostración de ello, el año comenzó con la intervención armada para deponer a Nicolás Maduro.

Mientras tanto, las reglas del libre comercio saltan por los aires mientras Trump instrumentaliza el gran tamaño del mercado estadounidense para extorsionar a sus aliados, no solo en términos económicos, sino también para imponer cambios en sus políticas internas. El valor de un país para la Casa Blanca no se mide por criterios racionales —ni mucho menos democráticos—, sino por la relación personal de su dirigente con Trump y su camarilla: un orden monárquico sin ningún disimulo.

La ocupación y el bombardeo de Gaza por parte de Israel, ante los que las potencias europeas a menudo han actuado como cómplices, son brutales en sí mismas, pero también ponen en solfa la supuesta universalidad de las normas internacionales.

En palabras de Majed Al Ansari, portavoz del Ministerio de Exteriores de Qatar y una de las personas que más trato tuvo con Israel el año pasado: “Vivimos en una era de impunidad repugnante que nos está haciendo retroceder siglos. Nos vemos reducidos a hacer una concesión tras otra, no para detener los actos de agresión, sino para pedir a los responsables que maten a menos gente, que destruyan menos barrios. Ya ni siquiera exigimos respeto por el derecho internacional; nos conformamos con pedirles que den un paso atrás y no se alejen por completo del derecho internacional”.

Ataques a los garantes del orden internacional

Todo ello ha ido acompañado de un ataque abierto a las instituciones del derecho internacional que se interponen en el camino del poder coercitivo. Nicolas Guillou, magistrado francés de la Corte Penal Internacional, concedió en noviembre una entrevista a Le Monde en la que explicó el impacto de las sanciones que le impuso Estados Unidos en agosto como consecuencia de la emisión por parte de la CPI de una orden de detención contra Benjamin Netanyahu por crímenes contra la humanidad.

Guillou explicó que las sanciones han cambiado todos los aspectos de su vida cotidiana. “Todas mis cuentas con empresas estadounidenses, como Amazon, Airbnb, PayPal y otras han sido cerradas. Por ejemplo, reservé un hotel en Francia a través de Expedia y, unas horas más tarde, la empresa me envió un correo electrónico cancelando la reserva, alegando las sanciones”, dijo.

Por haber tenido la osadía de defender los principios básicos del derecho internacional humanitario y el valor de las vidas de los civiles palestinos ante el tribunal internacional, que se ocupa de cuestiones como los crímenes de guerra y el genocidio, Guillou afirmó que, en la práctica, lo han devuelto a la década de los 90. Los bancos europeos, intimidados por las amenazas de los funcionarios del Departamento del Tesoro de Estados Unidos, se apresuraron a cerrar sus cuentas. Los departamentos de cumplimiento normativo de las empresas europeas, actuando como lacayos de las autoridades estadounidenses, se negaron a prestarle servicios.

El juez de la Corte Penal Internacional Nicolas Guillou, sancionado por Trump. Peter Dejong/ANP/AFP/vía Getty Images

Mientras tanto, las instituciones europeas, incluso las signatarias del Estatuto de Roma que estableció la Corte Penal Internacional en 2002, miran para otro lado. Las principales organizaciones palestinas de derechos humanos, como Al-Haq, también se han visto obligadas a cerrar sus cuentas bancarias al enfrentarse a sanciones por cooperar con la CPI. Los jueces de la Corte Internacional de Justicia, el órgano de la ONU que se ocupa de las disputas intergubernamentales, han tenido que tomar medidas para evitar que se embarguen sus activos.

Estados Unidos ha abandonado o ha intentado socavar otros organismos de la ONU, como el Consejo de Derechos Humanos y la Unesco. En total, se estima que ha recortado 855 millones de euros en fondos destinados a organizaciones vinculadas a la ONU y ha despedido a 1.000 empleados del Gobierno estadounidense cuyas carteras reforzaban funciones importantes de la ONU.

En la Asamblea General de la ONU, escenario clave de las disputas entre Estados Unidos y el resto del mundo, Washington casi disfruta de su aislamiento. Otras instituciones multilaterales —la Organización Mundial del Comercio, la estructura del acuerdo climático de París, el G20— se han convertido en zonas de conflicto, lugares en los que Estados Unidos puede afirmar su dominio o su indiferencia, ya sea ausentándose o exigiendo una lealtad humillante a sus antiguos aliados.

John Kerry, que fue secretario de Estado de Estados Unidos durante el segundo mandato de Barack Obama, aseguró el año pasado que, bajo el mandato de Trump, Estados Unidos está pasando “de ser líder a ser negacionista, obstaculizador y divisor”. “Cuando Estados Unidos se aleja, las viejas excusas cobran nueva vida. China no solo disfruta de una nueva libertad frente al escrutinio”, dijo Kerry, sino que poco a poco llena el vacío dejado por la salida de EEUU.

“Inmoralidad y falta de seriedad”

El alejamiento de Washington del derecho internacional y sus instituciones es especialmente triste porque con Gaza, como señala Tor Krever, profesor adjunto de derecho internacional en la Universidad de Cambridge, “el lenguaje de la legalidad se ha convertido en el marco dominante del discurso popular y político”.

Palestinos preparan un campamento para albergar a familias palestinas desplazadas en la zona de Netzarim, ubicada entre la parte sur de la ciudad de Gaza y la franja central de Gaza. Mohammed Saber / EFE

En una edición especial de la London Review of International Law publicada en noviembre, más de 40 académicos escribieron ensayos en los que debaten si esta repentina fe pública en el derecho internacional como precursor de la justicia es una carga que el derecho tiene la capacidad de soportar. El derecho no puede sustituir a la política ni resolver los conflictos ideológicos en un mundo polarizado. El profesor Gerry Simpson, catedrático de Derecho Internacional Público en la London School of Economics (LSE), dice que necesita tragarse sus dudas de siempre sobre la eficacia del derecho internacional “ante la enorme fe que se ha depositado en él, especialmente por parte de los jóvenes”.

La incapacidad de satisfacer las nuevas expectativas del público ha dado lugar a lo que el profesor Thomas Skouteris, decano de la facultad de derecho de la Universidad de Khorfakkan, en Emiratos Árabes Unidos, describe como “un ambiente finisecular” en torno al derecho internacional.

En un artículo publicado en septiembre en el Leiden Journal of International Law, Skouteris sostiene: “El léxico del derecho internacional —soberanía, genocidio, agresión— se ha convertido en un elemento ubicuo que satura la atmósfera política de ecos jurídicos. Pero esta prevalencia trae consigo una extraña paradoja. Cuanto más presente parece el derecho internacional, menos decisivo se percibe. Las normas se invocan con mayor frecuencia e intensidad, incluso cuando su capacidad para resolver disputas o prevenir la violencia parece debilitarse. Lo que antes prometía orden se lee cada vez más como una actuación”.

La contradicción llega al extremo cuando los líderes occidentales invocan las resoluciones del Consejo de Seguridad de la ONU o de los tribunales internacionales y, acto seguido, se postran ante Trump, cediendo a sus exigencias, llamándole “papi”, como hizo el secretario general de la OTAN, Mark Rutte, y enviando regalos cada vez más lujosos al Rey Sol y a su familia.

Mark Rutte (i) y Donald Trump, en el Despacho Oval en marzo de 2025. Yuri Gripas/EFE/EPA

Muy pocos se han opuesto a lo que el historiador holandés Rutger Bregman denomina “inmoralidad y falta de seriedad... los dos rasgos que definen a nuestros líderes actuales”.

Tom Fletcher, director de la agencia humanitaria de la ONU (OCHA), ha sido quizá una excepción. El pasado mayo pidió a los diplomáticos de la ONU que reflexionaran, por un momento, sobre qué medidas les “contaremos a las generaciones futuras que se tomaron para detener la atrocidad del siglo XXI de la que somos testigos a diario en Gaza”. “Es una pregunta que escucharemos, a veces con incredulidad, a veces con furia, pero siempre presente, durante el resto de nuestras vidas... Quizás algunos recuerden que, en un mundo transaccional, teníamos otras prioridades. O quizás utilizaremos esas palabras vacías: Hicimos todo lo que pudimos”, advirtió.

El suyo fue un auténtico grito de desesperación. Otro grito de dolor provino del ministro de Asuntos Exteriores de Omán, Badr bin Hamad Al Busaidi. En su intervención en la reunión del Foro de Oslo, un encuentro de mediadores internacionales celebrado en Mascate, la capital de Omán, alertó: “Vamos camino de que ciertos tipos de intervención extranjera —si no la invasión y anexión directas de territorios— se acepten como parte normal de las relaciones internacionales, en lugar de como violaciones ilegales de nuestro orden internacional compartido. ¿Cómo hemos llegado hasta aquí?”.

Al Busaidi afirmó que el problema es anterior a Trump. “La moderación y el respeto por el derecho internacional se abandonaron tras los atentados del 11-S, con el lanzamiento (durante el gobierno de George W. Bush) de no una, sino dos intervenciones extranjeras, en Irak y Afganistán, aparentemente destinadas a eliminar la amenaza terrorista, pero que en realidad funcionaban como proyectos explícitos de cambio de régimen”.

Algunas voces de la izquierda acogen con satisfacción la idea de que el derecho internacional haya pasado al centro del debate coincidiendo con su pérdida de credibilidad. Los críticos comparten la opinión del marxista Perry Anderson, que escribió en New Left Review: “Conforme a cualquier evaluación realista, el derecho internacional no es ni verdaderamente internacional ni genuinamente derecho”.

Estas posturas argumentan que los presidentes estadounidenses, tanto demócratas como republicanos, siempre han rechazado someterse a las restricciones del derecho. EEUU nunca ha sido parte del Estatuto de Roma ni de la Convención de las Naciones Unidas sobre el Derecho del Mar. Roosevelt no estaba tan interesado en forjar un club de democracias, sino que quería crear un pacto de estabilidad basado en el derecho con Rusia.

De hecho, el profesor John Dugard, miembro del equipo jurídico sudafricano en la Corte Internacional de Justicia, ha argumentado que la elección de la expresión “orden basado en normas” por parte del equipo del expresidente de Estados Unidos Joe Biden revelaba ya la ambivalencia de Estados Unidos con el derecho internacional.

El ministro de Asuntos Exteriores ruso, Serguéi Lavrov, lleva mucho tiempo declarando que EEUU favorece “un orden basado en normas centrado en Occidente como alternativa al derecho internacional”. En mayo de 2021, el ministro de Asuntos Exteriores de China, Wang Yi, verbalizó la misma crítica durante un debate del Consejo de Seguridad de la ONU sobre el multilateralismo. “Las normas internacionales deben basarse en el derecho internacional y deben ser redactadas por todos”, afirmó. “No son una patente ni un privilegio de unos pocos. Deben ser aplicables a todos los países y no debe haber lugar para el excepcionalismo ni los dobles raseros”, remachó.

Para gran parte del sur global, las normas ocultan historias de violencia y jerarquía racial. Otros ven el derecho internacional, con sus referencias a la proporcionalidad, la distinción y la necesidad, como un intento inútil de suavizar la brutalidad esencial a la guerra.

Ha quedado en manos de las generaciones más longevas el insistir en que hay algo valioso que merece la pena preservar. Tomemos como ejemplo la respuesta de Christoph Heusgen, presidente saliente de la Conferencia de Seguridad de Múnich, tras el discurso del vicepresidente estadounidense, JD Vance, en el que atacó los valores europeos. “Tenemos que temer que nuestra base de valores comunes ya no sea tan común... Está claro que nuestro orden internacional basado en normas está bajo presión”, dijo Heusgen, que durante 12 años fue asesor de la canciller alemana Angela Merkel en materia de seguridad y política exterior. “Creo firmemente que este mundo más multipolar debe basarse en un único conjunto de normas y principios, en la Carta de las Naciones Unidas y en la Declaración Universal de Derechos Humanos”.

“Este orden es fácil de perturbar. Es fácil de destruir, pero mucho más difícil de reconstruir. Por lo tanto, aferrémonos a estos valores”, dijo.

Pero Ansari, desanimado tras un año de diplomacia a menudo infructuosa en Oriente Medio, predice que estamos “pasando del orden mundial al desorden”. “No creo que estemos avanzando hacia un sistema multipolar. Ni siquiera creo que estemos avanzando hacia un orden internacional basado en el poder. No creo que estemos avanzando hacia ningún tipo de sistema”, vaticina. “Nos movemos hacia un sistema en el que cualquiera puede hacer lo que quiera, independientemente de si es grande o pequeño. Mientras tengas la capacidad de causar estragos, puedes hacerlo porque nadie te hará responsable”.

Traducción de Emma Reverter.

Este artículo fue actualizado por la redacción de elDiario.es.

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