Eric Anderson hizo una cuenta que no necesitaba épica: bastaba con una hoja, un lápiz y la intuición de que el dinero, cuando se concentra, también forma mercados. Estimó que había al menos cien mil personas en el mundo con capacidad para pagar un viaje al espacio. No hablaba de multitudes: hablaba de un archipiélago de fortunas. El turismo espacial se ordenó desde entonces como un negocio para pocos, con una obsesión por una cifra que funciona como frontera: el precio del asiento.
El primer precio fue, además, un relato. En 2001, Space Adventures organizó el viaje de Dennis Tito a la Estación Espacial Internacional (ISS) en una Soyuz rusa por una suma que se instaló como referencia: alrededor de US$ 20 millones. En aquel comienzo, el negocio se sostenía en una combinación singular: infraestructura estatal disponible, acuerdos políticos todavía estables y una demanda que no pedía rebajas sino garantías.
Con el tiempo, esos valores treparon. Se habló de cifras del orden de US$ 35 millones y, más tarde, de montos cercanos a US$ 50 millones para experiencias orbitando la Tierra. La curva no fue la que suele prometer la tecnología —bajar costos con la repetición—, sino la que impone la rareza cuando lo que se vende es prestigio, riesgo administrado y una foto imposible.
El turismo orbital de los años 2000 tuvo un rasgo estructural: dependía de Roscosmos y de la arquitectura internacional de la ISS. NASA registró ese período como un capítulo propio: ciudadanos privados viajaron a la estación bajo el formato de “participantes de vuelo espacial”, en un circuito limitado por asientos, ventanas de acople y entrenamiento.
Aquel esquema también moldeó una percepción pública: el cliente típico se confundió con la caricatura del millonario global y, por visibilidad mediática, con la figura del oligarca ruso de la época de auge de commodities. En rigor, la lista de viajeros mostró nacionalidades diversas, aunque con un patrón común: liquidez, tolerancia al riesgo y un entorno capaz de convertir una decisión personal en acontecimiento público.
La guerra en Ucrania no fue un ruido externo: fue una ruptura del andamiaje. Las sanciones, el deterioro del vínculo político con Europa y el clima de seguridad global volvieron frágil el modelo de turismo orbital apoyado en servicios rusos hacia Occidente. El acceso dejó de ser un problema de precio y volvió a ser, como al principio de la carrera espacial, un problema de alineamientos.
El negocio no se detuvo: cambió de carril. La industria se reordenó hacia dos vías que hoy conviven sin mezclarse del todo: el suborbital de minutos y el orbital de semanas.
El suborbital se volvió la puerta de entrada visible. Promete “espacio” con un costo inferior al orbital, aunque con una experiencia más breve.
Blue Origin, con New Shepard, retomó vuelos tripulados tras una suspensión y acumuló misiones con pasajeros, en un esquema donde el precio suele manejarse como información estratégica. La empresa consolidó un formato: pocos minutos de microgravedad, alta exposición mediática y un producto que se sostiene, por ahora, más en escasez que en escala.
Virgin Galactic eligió otro camino: fijó un precio público de US$ 600.000 por asiento para futuros vuelos y anunció la transición hacia una nueva generación de naves. Su historia reciente muestra el dilema del sector: cuando la cadencia no se estabiliza, la industria se vuelve un calendario de promesas.
En ambos casos, el mercado objetivo es el mismo que Anderson imaginó: un círculo amplio para el estándar del lujo, pequeño para el estándar de la industria.
El turismo orbital no desapareció. Se mudó de proveedor. Axiom Space abrió una etapa de misiones privadas a la ISS utilizando Crew Dragon de SpaceX, con precios que se ubicaron en el orden de decenas de millones por asiento. Cambió la arquitectura del viaje: ya no se dependía de la Soyuz rusa, sino de una cadena industrial occidental, con contratos y estándares ligados a NASA.
SpaceX, además, intentó empujar la frontera con proyectos más ambiciosos. El caso dearMoon, pensado como un vuelo circumlunar en Starship, terminó cancelado por falta de un cronograma confiable. El episodio dejó un mensaje difícil de maquillar: en turismo espacial, la demanda puede existir, pero el negocio necesita certidumbre tecnológica para repetirse.
Las empresas mencionadas en el fragmento citado conviven en una misma frase, pero no juegan el mismo partido.
La curva de precios: dos mercados que no se tocan
El turismo espacial es, en realidad, dos mercados superpuestos:
La promesa histórica fue “bajar el precio”. La realidad fue otra: el precio se segmentó. Se abrió una puerta más accesible, pero el viaje largo —el que construyó el mito— sigue siendo un lujo extremo.
En ese escenario, el cálculo de Anderson conserva su lugar como introducción y como advertencia. Hay mercado. Hay dinero. Hay deseo. Lo que todavía no existe, de manera estable, es la repetición industrial que transforma una hazaña en un servicio.
Si se busca una síntesis, no está en la épica sino en la contabilidad: mientras el turismo espacial dependa de ventanas escasas, vehículos complejos y un riesgo que no se terceriza, seguirá siendo un negocio de pocos, contado para muchos.
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