La estatua de “La Libertad iluminando el mundo” ha sido desde 1886 un símbolo de la democracia estadounidense y el ícono del sueño americano, el que veían –al lLa estatua de “La Libertad iluminando el mundo” ha sido desde 1886 un símbolo de la democracia estadounidense y el ícono del sueño americano, el que veían –al l

Se nos hace cada día más difícil

2026/01/31 11:00

La estatua de “La Libertad iluminando el mundo” ha sido desde 1886 un símbolo de la democracia estadounidense y el ícono del sueño americano, el que veían –al llegar en sus barcos– con los ojos llenos de lágrimas los padres de Frank Sinatra huyendo de la pobreza italiana o los judíos como los de Benny Goodman, o los Goldwyn y los Mayer que inventaron Hollywood. Fue un regalo del pueblo francés que conmemoraba el centenario de la independencia estadounidense en 1776. Si bien llegó algo tarde, la maravillosa estatua de Frédéric Auguste Bartholdi, armada sobre una estructura diseñada por Eiffel y cubierta de un cobre que eligió el famoso arquitecto restaurador Violette-le-Duc, se transformó en pocos años en ese emblema. Era el hogar de la libertad y así lo sintió el mundo entero en los años de enfrentamiento al nazismo.

En 1986, recién restaurada para conmemorar sus cien años, Ronald Reagan invitó al presidente francés François Mitterrand y organizó varios días de festejo en que él mismo pronunció dos discursos. Se hablaba de democracia, de la amistad entre los EE.UU. y Francia. Reagan les dio la Medalla de la Libertad a varios norteamericanos nacidos en el extranjero, como Henry Kissinger, el arquitecto Pei, el filósofo Elie Wiessel o el músico Irving Berlin.

No hace mucho de todo esto, pero está claro que estamos hoy muy lejos, con un EE.UU. divorciado de Europa que se le ha enfrentado severamente ante su amenaza en Groenlandia, obligándolo, esta vez, a dar un paso atrás. Mientras tanto, Minnesota está en la calle acusando al gobierno de inhumanidad en el trato a los inmigrantes, a los que persigue el Servicio de Inmigración y Aduana. Todo Estado tiene derecho a regular la inmigración. El propio Obama deportó a más gente que Trump en su primera presidencia. Sin embargo, se trataba de la legalidad, no de una guerra con un discurso de rechazo a todo lo extranjero.

La llama de la estatua ya no tiene aquel fulgor que nos alumbraba. Y nos duele. Ahí empiezan nuestras desventuras de latinoamericanos demócratas, partidarios de los gobiernos “moderados” que, como decía Montesquieu, son los únicos que respetan siempre los derechos.

Por cierto Trump no está haciendo algo distinto a lo que escribió y firmó en su Doctrina de Seguridad Nacional en noviembre de 2025, en cuatro capítulos articulados. La cuestión es que la está ejecutando de modo aún más ríspido que su teoría, y ver lo que ocurre con los inmigrantes nos duele a quienes reconocemos en EE.UU. a la mayor potencia de nuestro hemisferio.

“El inicio de la época dorada” de la que habla en ese documento deja de ser esperanzador. Es verdad que en ella se sustituía la política sustentada en valores por otra orientada a la exclusiva defensa de los “intereses nacionales fundamentales”, traicionados “por las élites” que debilitaron al país. Ahora bien: cuando lo vemos llegar a Venezuela y deponer al dictador, celebramos. Había repudiado todos los instrumentos jurídicos vigentes (Carta de la OEA, Convención Interamericana de Derechos Humanos, etc.), su dictadura violaba todas las libertades y hasta había organizado una farsa electoral. No podía invocar el derecho que negaba. Los fariseos que habían sido sus cómplices lloraban al pie del principio de no intervención, que nació para proteger la autodeterminación de los pueblos y no para ser escudo de quienes la negaban. Todo se hace confuso cuando aparece el petróleo como la gran prioridad y la cúpula chavista pasa a ser hasta elogiada.

¿Estamos en el camino, aún largo pero definido, de un retorno a la democracia o ponemos en marcha la industria petrolera, desahogamos al régimen y nos vamos quedando con un madurismo sin Maduro?

Reconozcamos que no es solo Trump el que nos la hace difícil. También Netanyahu, pese a que hoy podamos decir con esperanza que entregado el último rehén, empieza otra etapa. Actuó con la mayor legitimidad cuando enfrentó la agresión incalificable del 7 de octubre de 2023. No fue un genocidio como dicen quienes levantan con banalidad cómplice banderas de Hamas. La intención no era el exterminio del pueblo palestino, sino del aparato militar de un terrorismo que hasta última hora ha negociado rehenes como piezas de ajedrez. Había que llegar hasta el fondo y lo hizo. También celebramos que Trump lograra esa extraña tregua que hoy vivimos. La cuestión es de aquí hacia adelante. Si no hay un destino para ese pueblo palestino que ha sido sometido por la dictadura de Hamas, no habrá paz valedera. De algún modo Trump lo intuye, pero Netanyahu sigue en su empeño radical, colonizando Cisjordania y negando el otro Estado. Quienes llevamos una vida defendiendo a Israel y tenemos claro de qué lado estaremos siempre no la tenemos fácil.

Cuando reconstruimos nuestras democracias en la década de los 80 del siglo pasado, hicimos paralelamente un gran esfuerzo para liberalizar el comercio mundial, salir de los cerrojos proteccionistas de Europa y EE.UU. Hasta China entró en 2001 en la Organización Mundial del Comercio. Hoy todo está en crisis y EE.UU., el líder de la libertad comercial, establece como generalidad la primacía de “las naciones”, cuestiona su tratado con México y Canadá y usa de un modo absolutamente arbitrario la fijación de aranceles.

La escena de Davos con el primer ministro Mark Carney abiertamente desafiando al presidente de EE.UU. fue la imagen de ese desencuentro. Trump había dicho que Canadá vivía de EE.UU. y tuvo una respuesta de altura. También dijo que los ejércitos europeos no habían estado en la línea de fuego en Afganistán y hasta el príncipe Harry le contestó: “Yo serví allí. Hice amigos para toda la vida. También perdí amigos”, aludiendo a los 456 británicos muertos.

Mientras tanto, la pobre Ucrania resiste heroicamente el alevoso ataque ruso. Trump fue y vino en el tema. Su simpatía por el zar del Kremlin lo ha condicionado de un modo inexplicable. La organización internacional vuelve a exhibir su impotencia.

La verdad es que ni Brasil nos ayuda. Errático en su conducta exterior, prefiere armar un pequeño club de fracasados izquierdistas cuando puede ser el gran portavoz latinoamericano que fue.

En estos días es fácil anotarse de un lado u otro de los extremos. No lo es militar con la libertad, la democracia, la libertad de los mercados, la vigencia del derecho, el internacionalismo y la visión humanista propia de los que hace veinticinco siglos recibieron la lección de Aristóteles o hace 191 años encontraron en el relato de Alexis de Tocqueville la idea de que en América era posible una democracia.

Seguiremos siempre en nuestra trinchera. Pero qué bueno sería tener más claridad de nuestro lado…

Aviso legal: Los artículos republicados en este sitio provienen de plataformas públicas y se ofrecen únicamente con fines informativos. No reflejan necesariamente la opinión de MEXC. Todos los derechos pertenecen a los autores originales. Si consideras que algún contenido infringe derechos de terceros, comunícate a la dirección [email protected] para solicitar su eliminación. MEXC no garantiza la exactitud, la integridad ni la actualidad del contenido y no se responsabiliza por acciones tomadas en función de la información proporcionada. El contenido no constituye asesoría financiera, legal ni profesional, ni debe interpretarse como recomendación o respaldo por parte de MEXC.