La inseguridad suele medirse en estadísticas delictivas, pero su efecto más profundo rara vez ocupa los titulares: la erosión constante de la economía real.
No hablamos de indicadores abstractos ni de proyecciones macroeconómicas, sino de la actividad cotidiana que sostiene al país: la de los pequeños comercios, los prestadores de servicios, los talleres, los restaurantes y, en esencia, los negocios familiares.
Desde hace décadas, distintos pensadores han coincidido en una idea central: las sociedades no colapsan únicamente por la presencia del delito, sino por la ausencia de consecuencias.
Cesare Beccaria lo advirtió con precisión histórica: la clave no es la severidad de la pena, sino la certeza de su aplicación. Cuando esa certeza desaparece, la impunidad se convierte en un incentivo perverso. El delito deja de ser excepción y comienza a operar como una actividad de bajo riesgo.
En México, la evidencia empírica es contundente. La cifra negra —los delitos que no se denuncian o no se investigan— no es solo un problema estadístico, sino un factor que altera decisiones económicas todos los días. La impunidad genera un entorno donde el costo esperado del delito es reducido, mientras que el costo de operar formalmente, invertir o expandirse aumenta.
Esta distorsión no afecta por igual a todos los actores económicos.
La economía más vulnerable es, paradójicamente, la más importante: la economía real, la de proximidad, la que vive en colonias, barrios y municipios.
Los negocios familiares no tienen la capacidad financiera de absorber extorsiones, robos, bloqueos o gastos crecientes en seguridad privada. Cada evento de violencia, cada interrupción logística, cada riesgo adicional se traduce en menor flujo, menor inversión y, en muchos casos, cierre definitivo.
La inseguridad actúa como un impuesto invisible que golpea con mayor fuerza a quien menos margen tiene.
El impacto agregado es profundo. Cuando un negocio familiar reduce operaciones o desaparece, no solo se pierde una fuente de ingreso; se debilita el tejido económico local. Se contrae el consumo, se reducen empleos, se deteriora la confianza comunitaria. La macroeconomía puede mostrar estabilidad, pero la economía real refleja desgaste.
Por ello, la política de seguridad no debe analizarse únicamente como un componente de orden público, sino como una política económica de largo plazo. Reducir la impunidad tiene efectos directos sobre la inversión, la productividad y la supervivencia empresarial.
Cuando el delito deja de ser rentable, la actividad productiva recupera espacio.
La lección es clara y persistente: sin consecuencias no hay disuasión, y sin disuasión no hay certidumbre. Atender la impunidad no es solo una demanda de justicia; es una condición indispensable para la estabilidad de la economía que verdaderamente sostiene al país.

