El autocuidado y los rituales cotidianos se consolidan como una respuesta cultural frente a la hiperproductividad y la saturación digital. Preparar café sin apuro, sostener una rutina nocturna de skincare, escribir antes de dormir, hacer journaling o tomar un baño largo dejan de funcionar como hábitos estéticos para adquirir un sentido de límite autoimpuesto. En esa lógica, la pausa se transforma en una postura ante un sistema que no se detiene.
La hiperconectividad aparece como telón de fondo del fenómeno. El Digital 2025 Global Overview Report registra que las personas pasan en promedio más de 6 horas y 30 minutos al día frente a pantallas, un volumen equivalente a casi 100 días al año conectados. La exposición no se reduce al consumo de contenido: abarca estímulos permanentes, comparaciones, urgencias y demandas que se acumulan en la vida cotidiana.
A esa dinámica se suma el desgaste emocional. La Organización Mundial de la Salud advirtió que los trastornos de ansiedad y depresión aumentaron de forma significativa en los últimos años, especialmente entre poblaciones jóvenes, vinculados al estrés crónico y a la sobrecarga digital. En ese contexto, el ritual se interpreta como algo distinto de un lujo: opera como una microestructura de estabilidad.
La psicología del comportamiento aporta una clave para entender por qué estas prácticas ganan centralidad. Frente a entornos impredecibles, las personas buscan microestructuras que devuelvan sensación de control. Un ritual repetido diariamente puede organizar el tiempo, reducir incertidumbre y crear límites simbólicos. Lo que parece trivial —un journaling nocturno o una rutina de cuidado facial— se integra como una “arquitectura emocional”.
El texto también plantea una dimensión histórica del autocuidado como resistencia. Audre Lorde, poeta y activista afroamericana, describía el cuidado personal como “un acto de preservación política”. En su origen, el self-care funcionó como herramienta de supervivencia frente a sistemas opresivos: no como indulgencia, sino como protección.
En la resignificación contemporánea, el ritual se posiciona frente a la cultura del “always on” como un límite autoimpuesto asociado a autonomía y decisión. El wellness deja de girar solo en torno a la salud física y pasa a vincularse con la gestión emocional. Análisis académicos sobre cultura de consumo describen al bienestar como un sistema simbólico: no vende objetos, vende estructuras de sentido y momentos delimitados.
Para las marcas, el enfoque propone un giro: diseñar para repetición, comunicar ritmo antes que rendimiento, construir ecosistemas coherentes y evitar la apropiación superficial de un concepto con raíces históricas. “Lo que estamos observando no es una moda de spa, es una reorganización cultural del tiempo”, dijo Luis Alejandro Morales Ortiz, Director Ejecutivo en another.
“Cuando una marca logra integrarse en un ritual auténtico, deja de interrumpir y empieza a acompañar”, dijo Luis Alejandro Morales Ortiz, Director Ejecutivo en another.
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