La torre de agua de Warner Bros. en Burbank, California, el 5 de diciembre de 2025La torre de agua de Warner Bros. en Burbank, California, el 5 de diciembre de 2025

La compra de Warner, una fastidiosa trama que no lleva más gente a los cines

2026/03/01 03:00
Lectura de 5 min

Olas de pánico corrieron por el mundo del cine. James Cameron, algo así como el pontífice de los devotos de la pantalla grande, incluso escribió una carta abierta a un senador con términos incendiarios. El armagedón de turno era que Netflix podía quedarse con Warner Bros., algo que muchos consideraban el final definitivo de las salas.

Finalmente, a uno de los más grandes y ricos estudios cinematográficos de la historia se lo lleva Paramount Skydance, o sea la familia Ellison, que tampoco son angelitos con cuatro alas en cada omóplato.

Seguramente el lector pensará que nada de esto le atañe, y casi tendría razón. Sus preocupaciones pasan por pagar las expensas y que alcance para llegar a fin de mes. Pero como entre sus gastos, según mandan las estadísticas, figura el pago de al menos dos plataformas de streaming, este negocio estratosférico también le atañe. El punto principal era si volvíamos o no a los cines. O si, definitivamente, nos íbamos a quedar en casa.

Para entender un poco, volvamos a James Cameron y a por qué estaba contra Netflix. Defensor a ultranza de la experiencia de la pantalla grande, envió una carta al senador estadounidense Mike Lee, que preside el subcomité de defensa de la competencia del Senado de los EE.UU. (todas estas fusiones pasan por un largo proceso de aprobación estatal) diciendo que el modelo de Netflix era intrínsecamente hostil a la exhibición en salas, lo que implicaría cierres masivos de cines y pérdidas enormes en empleos. También dice “se harán menos películas”, pero eso es por lo menos falaz. De todos modos, la mayoría del mundo del cine estaba en contra.

James Cameron

Netflix es mucho más una empresa de tecnología que una productora de contenidos. No lo parece, pero es así: invierte mucho más en servidores, redes y software que en series o películas. Y su fin y principal negocio es llevar el entretenimiento a casa. Nada más. No tiene interés real o exclusivo en las salas: el mejor ejemplo es lo que sucedió con el mega éxito Las guerreras K-Pop, que tras su arrasador estreno en la plataforma, se proyectaron limitadamente en cines en versión “sing-a-long”. En los EE.UU., el film quedó primero en recaudaciones y podía haber hecho mucho más si Netflix no proyectara en salas como promoción o porque lo requieren las reglas del Oscar. Que el episodio final de Stranger Things se proyectase en salas (solo un día) es más un evento publicitario que una muestra de amor por el cine.

Ventanas de exhibición

Vamos a dejar de lado la calidad más que discutible de lo que hoy sale en plataformas en general: la idea es llenar de novedades y Hollywood, en su época dorada, también producía descartes para llenar salas con “lo nuevo”. El problema es otro: las ventanas de exhibición, es decir el período de exclusividad de una película en diferentes formatos. Warner tiene una política de 45 días para que un film sólo pueda verse en salas. Al día 46, ya puede alquilarse on demand y de allí en más es variable la cantidad de tiempo que pasa hasta que arriba a plataformas. Hoy los cines no quieren a Netflix porque, cuando ofrece películas, su ventana es de no más de dos semanas. De allí que cuando “estrena”, lo haga en pocas salas. Si el negocio de Netflix, como alguna vez dijo su CEO, Ted Sarandos, no es llevar gente al cine, ¿qué incentivo hubiera tenido para sostenerlas en las salas?

Ted Sarandos

Y ante eso y en un mundo donde el 30 por ciento -al menos- del público espera que los films aparezcan en plataformas, ¿por qué los estudios harían otra cosa que no sean hipertanques inmersivos? Que, de paso, son tan difíciles y caros de hacer que implican una disminución de la oferta para salas. Sobre todo si los films que no tienen efectos especiales o escenas monstruosas se estrenan de entrada en las plataformas, y al final todo bicho proyectable va a parar al televisor.

De todos modos, que finalmente el comprador sea Paramount Skydance no garantiza -más allá del fetichismo por el nombre “Paramount”, en la prehistoria uno de los grandes estudios de cine- que se sostenga el negocio de las salas cinematográficas. Sí que se van a eliminar muchos empleos y esto causará un terremoto en el sector. Existe, de paso, cierto prejuicio del “mundo cine” al “recién llegado” que viene del sector hogareño (el mismo prejuicio que ese mundo tuvo por la TV, ni más ni menos). Pero Netflix hubiera implicado sin dudas un paso a la eliminación de ventanas exclusivas, lo cual impide que ciertas películas crezcan en el boca a boca y encuentren su público, sean éxito y permitan financiar otras. Ver películas en casa implica un cambio de narración, de estructura, de tratamiento del arte, muy definitivo. Ya lo vemos, pero la fusión lo iba a acelerar.

De todos modos, que el público abandone los cines es un poco culpa de los propios estudios, que sólo apostaron durante dos décadas por un entretenimiento puramente sensorial y carísimo que, para equilibrar su costo, satura las bocas de exhibición. Eso creó un público que cree que el cine es solamente monstruos, superhéroes y animación, todo ruidoso e inmersivo. Si esto se combina con la contracción de las ventanas y el crecimiento de la tecnología hogareña, vemos que las plataformas son solo proveedores de lo que las salas dejaron de ofrecer. ¿No era la carta de Cameron encontrar en Netflix un chivo expiatorio para la propia estupidez? Spoiler alert: la tendencia no va a cambiar y, a la larga, Netflix va a comprar otro estudio. O incluso Paramount, con Warner adentro. Volvamos a pensar en las expensas.

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