Hay palabras que no describen una cosa, sino una sensación. Slop es una de ellas. Suena espesa, viscosa, incómoda. Y eso es exactamente lo que pretende nombrar: el contenido basura generado de forma masiva por inteligencia artificial que empieza a inundar redes sociales, buscadores y plataformas de video.
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El término fue impulsado recientemente por Merriam-Webster, la editorial responsable de uno de los diccionarios de referencia del inglés, para describir una nueva fase del ecosistema digital: imágenes, videos y textos producidos en serie por IA, de baja calidad, diseñados no para informar ni crear, sino para ocupar espacio, captar clics y saturar la atención.
La palabra slop no es nueva. En el siglo XVIII se utilizaba para describir barro blando o lodoso; en el XIX pasó a significar sobras de comida o bazofia. Con el tiempo, el término acabó designando cualquier cosa carente de valor.
Lo que cambia ahora es el contexto: slop ya no es un residuo físico, sino un subproducto digital. Contenido que no busca ser bueno, sino abundante. Que no intenta convencer, sino colarse en el algoritmo.
Según explica Merriam-Webster, el término resulta especialmente adecuado porque “condensa en cuatro letras la sensación de algo que se filtra, lo invade todo y resulta difícil de evitar”.
El slop no es solo un problema estético. Investigadores y analistas llevan tiempo advirtiendo de que la producción masiva de contenido sintético está degradando el entorno informativo.
Estudios publicados en Springer Nature alertan de que los sistemas generativos tienden a amplificar patrones repetitivos y a priorizar cantidad sobre calidad cuando se usan para escalar contenido digital.
La consecuencia es un internet más ruidoso, menos fiable y cada vez más difícil de filtrar, donde distinguir lo relevante de lo irrelevante exige un esfuerzo constante.
El slop puede parecer inofensivo cuando adopta forma de memes surrealistas (animales imposibles, bebés que hablan como adultos o escenas históricas reinventadas), pero su impacto va más allá del humor involuntario.
Organismos y medios como BBC News y MIT Technology Review han documentado cómo el contenido generado por IA ya se ha utilizado para manipular procesos electorales, suplantar voces de políticos y fabricar imágenes falsas con apariencia verosímil.
Uno de los mensajes clave detrás del uso del término es desmontar una idea muy extendida: que la IA esté demostrando una creatividad equiparable a la humana. Para muchos expertos, la proliferación de slop indica justo lo contrario.
“La mayoría del contenido generado automáticamente no innova ni sorprende: imita, repite y exagera lo que ya existe”, explica la investigadora Emily Bender, especialista en lingüística computacional y crítica del uso indiscriminado de modelos generativos.
Durante años, el gran enemigo digital fue el spam. Hoy, el correo basura parece casi un problema menor frente a un escenario donde videos, imágenes y textos sintéticos colonizan timelines enteros.
El slop no se envía: se cuela. Aprovecha sistemas de recomendación, tendencias virales y automatización para multiplicarse sin fricción.
Que una institución lingüística como Merriam-Webster ponga nombre a este fenómeno no es anecdótico. Significa reconocer que la inteligencia artificial no solo está creando herramientas nuevas, sino también residuos culturales.
Llamarlo slop no soluciona el problema, pero ayuda a verlo. A identificar cuándo lo que consumimos no informa, no entretiene y no aporta, sino que simplemente rellena el vacío entre un scroll y el siguiente.
Y quizá, en un internet cada vez más automatizado, aprender a detectar el slop sea una nueva forma de alfabetización digital.
